Wislawa Szymborska
Wislawa
Szymborska nace el 2 de julio de 1923 en Bnin (Kórnik), en las
proximidades de la ciudad polaca de Poznan. A los ocho años se traslada con su
familia a Cracovia, ciudad en la que reside hasta la actualidad.
En la década de
los cuarenta empieza a publicar en el diario Dziennik Polski, y más tarde en
Zycie Literackie. Doctora Honorífica de la Universidad Adam Mickiewicz (Poznan)
en 1995, al año siguiente se produjo lo que la propia poeta califica de
“terremoto en su vida”: la obtención de los premios Club PEN polaco y, sobre
todo, del Nobel de Literatura.
Ha publicado,
entre otros, los siguientes libros de poemas: Por eso vivimos (1952), Preguntas
a mí misma (1954), Llamando al Yeti (1957), Sal (1962), Mil alegrías – un
encanto – (1967), Si acaso (1975), El gran número (1976), Gente en el puente
(1986), Fin y principio (1993), Instante (2002), Dos puntos (2004) y Aquí
(2009).
"Visto así, el instante podría definirse también como el momento en que el poema es dado a luz a través de las palabras; un momento que no es simplemente el de transición entre un antes y un después, sino el de un iluminarse de la conciencia a través de la escritura. Aunque la autora no do diga explícitamente, dicho momento asume la forma de una epifanía, y cabría preguntarse si no pertenece por derecho propio a los momentos en que se tiene alma ("Alma se tiene a veces. /Nadie la posee sin pausa/ y para siempre"... En cualquier caso, en la poeta que Szymborska sabe que es esta conciencia Ideal, en el sentido baudeleriano, es decir, no spleenica- se plantea a nivel de una poética, en tanto que conciencia de una capacidad demiúrgica. En " La alegría de escribir" (e primer poema de Mil alegrías, un encanto, 1967) la voz que habla en el poema se recrea ante la sensación de controlar el proceso en esa inesperada dimensión de lo real que es la página en blanco, cuya nada es una potencia creativa. En efecto, ella puede plantearse como el justo homólogo de la nada bíblica que es el origen de todo, como si la creación dl mundo por Dios hubiese sido un fenómeno de escritura: por eso, en las palabras del poeta duerme la tentación de lo absoluto.
Del Prólogo de Ricardo Cano Gaviria
EL VIEJO CATEDRÁTICO
Le pregunté sobre aquellos tiempos
en que éramos aún tan jóvenes,
ingenuos, entusiastas, tontos, inexpertos.
Algo de eso ha quedado, excepto la juventud
-respondió.
Le pregunté si todavía sabe a ciencia cierta
lo que es buen y lo que es malo para el hombre.
La más mortífera ilusión posible
-respondió.
Le pregunté por el futuro,
si lo sigue viendo claro.
He leído demasiados libros de historia
-respondió.
Le pregunté por la fotografía,
esa en el marco, sobre el escritorio.
Fueron, pasaron. Mi hermano, mi primo, mi cuñada,
mi esposa, mi hijita sobre las rodillas de mi esposa,
el gato en los brazos de mi hijita,
y un cerezo en flor, y sobre el cerezo
un pájaro volador no identificado
-respondió.
Le pregunté si es a veces feliz.
Trabajo
-respondió.
Le pregunté por los amigos, si todavía tiene.
Algunos de mis antiguos ayudantes,
que también tienen antiguos ayudantes,
la señora Ludmila, que gobierna en casa,
alguien muy cercano, pero en el extranjero,
dos señoras de la biblioteca, las dos sonrientes,
el pequeño Gregorio de enfrente y Marco Aurelio
-respondió.
Le pregunté por su salud y por su estado de ánimo.
Me prohíben el café, el vodka, los cigarros,
cargar recuerdos y objetos pesados.
Tengo que fingir que no lo oigo
-respondió.
Le pregunté por el jardín y el banco en el jardín.
Cuando la noche es serena observo el cielo.
No deja de asombrarme cuántos puntos de vista hay ahí.
-respondió.
Se dice que en un
discurso lo más difícil es siempre la primera frase... Pues ya la dije... Pero
presiento que las que siguen van a ser igualmente difíciles, la tercera, la
sexta, la décima, hasta la última, ya que debo hablar sobre poesía. Muy raras
veces me he expresado acerca de este tema, casi nunca, y siempre con la
convicción de que no lo hago muy bien. Por eso mi discurso no va a ser
demasiado largo. Toda imperfección resulta más fácil de aguantar si se sirve en
pequeñas dosis.
El poeta
contemporáneo es escéptico y desconfía incluso -o más bien principalmente- de
sí mismo. Con desgano confiesa públicamente que es poeta -como si se tratara de
algo vergonzoso. En estos tiempos bulliciosos es más fácil que admitamos los
vicios propios, con tal de causar efectos fuertes; mucho más difícil es
reconocer las virtudes, ya que están escondidas más profundamente, y hasta uno
mismo no cree tanto en ellas. En las encuestas o en los encuentros con amigos
ocasionales, cuando el poeta se ve forzado a definir su profesión, acude al
término genérico ``escritor'' o al de alguna otra profesión que adicionalmente
ejerza. El empleado público o los eventuales compañeros de viaje reciben con
cierta perplejidad e inquietud la noticia de que están tratando con un poeta.
Sospecho que los filósofos también producen semejante inquietud. No obstante,
ellos se encuentran en mejor situación, ya que generalmente pueden adornar su
profesión con algún grado académico. Profesor de Filosofía -ya suena mucho más
serio.
No existen
profesores de poesía, lo que haría suponer que esta actividad requiere de
estudios especializados, exámenes presentados en fechas precisas, disertaciones
teóricas rematadas con bibliografía y notas y, finalmente, los diplomas
recibidos con solemnidad. Todo esto, a su vez, significaría que para graduarse
de poeta no bastarían las hojas de papel, aun cuando estuvieran llenas de
excelentes versos, sino que se necesitaría, sobre todo, un papel con sello y
firma. Recordemos que justamente ésta fue la razón por la que condenaron al
destierro a Josef Brodsky, orgullo de la poesía rusa, quien más tarde fue
galardonado con el Premio Nobel. A Brodsky se le clasificó como ``parásito'',
por no contar con un certificado oficial que le permitiera ser poeta... Hace un
par de años tuve el honor y la alegría de conocerlo en persona. Me di cuenta de
que solamente a él, entre todos los poetas que he conocido, le gustaba llamarse
a sí mismo ``poeta''; pronunciaba esta palabra sin conflictos internos y hasta
con cierta desafiante desenvoltura. Pienso que se debía al recuerdo de las
violentas humillaciones que sufrió en su juventud.
En países más dichosos, donde la dignidad humana no es transgredida tan fácilmente, los poetas, obviamente, quieren ser publicados, leídos y entendidos, pero ya no hacen nada o casi nada en su vida cotidiana para destacar entre la gente. Sin embargo, hace poco, en las primeras décadas de nuestro siglo, a los poetas les gustaba escandalizar con su ropa extravagante y con un comportamiento excéntrico. Aquellos no eran más que espectáculos para el público, ya que siempre tenía que llegar el momento en que el poeta cerraba la puerta, se quitaba toda esa parafernalia: capas y oropeles, y se detenía en el silencio, en espera de sí mismo frente a una hoja de papel en blanco, que en el fondo es lo único que importa.
En países más dichosos, donde la dignidad humana no es transgredida tan fácilmente, los poetas, obviamente, quieren ser publicados, leídos y entendidos, pero ya no hacen nada o casi nada en su vida cotidiana para destacar entre la gente. Sin embargo, hace poco, en las primeras décadas de nuestro siglo, a los poetas les gustaba escandalizar con su ropa extravagante y con un comportamiento excéntrico. Aquellos no eran más que espectáculos para el público, ya que siempre tenía que llegar el momento en que el poeta cerraba la puerta, se quitaba toda esa parafernalia: capas y oropeles, y se detenía en el silencio, en espera de sí mismo frente a una hoja de papel en blanco, que en el fondo es lo único que importa.
Hay algo que
resulta muy característico. Continuamente se filman películas biográficas sobre
grandes científicos y artistas. La tarea de los directores más ambiciosos es
mostrar en forma verosímil el proceso creativo que condujo a importantes
descubrimientos científicos o a la creación de grandes obras de arte. Se puede,
con aceptables resultados, mostrar el trabajo de algunos científicos:
laboratorios, instrumentos diversos y aparatos puestos en marcha logran por
unos momentos mantener la atención de los espectadores. Además, resultan muy
dramáticas las escenas de suspenso, cuando un experimento repetido miles de
veces logró dar finalmente, merced a una mínima modificación, con el resultado
tan esperado. Espectaculares pueden ser las películas sobre pintores, ya que es
posible reconstruir todas las fases de creación de un cuadro -desde la primera
raya hasta la última pincelada. Las películas sobre los compositores se llenan
con su música: desde los primeros compases, que el creador escucha en su
interior, hasta la obra madura ya terminada y repartida entre varios
instrumentos. Todo sigue siendo muy ingenuo y no dice nada sobre el extraño
estado de ánimo que se conoce comúnmente como inspiración, pero por lo menos
hay algo para ver y oír.
El peor de los casos es el de los poetas. Su trabajo resulta irremediablemente poco fotogénico. Uno permanece sentado a la mesa o acostado en un sofá, con la vista inmóvil, fija en un punto de la pared o en el techo; de vez en cuando escribe siete versos, de los cuales, después que transcurre un cuarto de hora, va a quitar uno y de nuevo pasa una hora en la que no ocurrirá nada_ ¿Qué clase de espectador podría soportar una cosa semejante?
El peor de los casos es el de los poetas. Su trabajo resulta irremediablemente poco fotogénico. Uno permanece sentado a la mesa o acostado en un sofá, con la vista inmóvil, fija en un punto de la pared o en el techo; de vez en cuando escribe siete versos, de los cuales, después que transcurre un cuarto de hora, va a quitar uno y de nuevo pasa una hora en la que no ocurrirá nada_ ¿Qué clase de espectador podría soportar una cosa semejante?
He mencionado la
inspiración. A la pregunta de qué cosa es, suponiendo que algo sea, los poetas
contemporáneos responden de modo evasivo. Y no porque nunca hayan sentido los
beneficios de este impulso interior, más bien se debe a otra causa: no es fácil
explicar a los demás algo que ni siquiera se comprende bien.
Yo misma he evadido el asunto cuando me lo han preguntado. Y contesto lo siguiente: la inspiración no es privilegio exclusivo de los poetas ni de los artistas en general. Hay, hubo, habrá siempre un número de personas en quienes de vez en cuando se despierta la inspiración. A este grupo pertenecen los que escogen su trabajo y lo cumplen con amor e imaginación. Hay médicos así, hay maestros, hay también jardineros y centenares de oficios más. Su trabajo puede ser una aventura sin fin, a condición de que sepan encontrar en él nuevos desafíos cada vez. Sin importar los esfuerzos y fracasos, su inquietud no desfallece. De cada problema resuelto surge un enjambre de nuevas preguntas. La inspiración, cualquier cosa que sea, nace de un perpetuo ``no lo sé''.
La gente así es bastante escasa. La mayoría de los habitantes de esta tierra trabaja porque necesita conseguir los medios de subsistencia, trabaja porque no le queda de otra. No fueron ellos quienes por pasión escogieron su trabajo, son las circunstancias de la vida las que escogen por ellos. El trabajo mal querido, el trabajo que aburre, es respetado únicamente porque no resulta accesible para todos, y está situación constituye una de las más penosas desgracias humanas. No se vislumbra que los siglos venideros traigan un cambio feliz al respecto.
Yo misma he evadido el asunto cuando me lo han preguntado. Y contesto lo siguiente: la inspiración no es privilegio exclusivo de los poetas ni de los artistas en general. Hay, hubo, habrá siempre un número de personas en quienes de vez en cuando se despierta la inspiración. A este grupo pertenecen los que escogen su trabajo y lo cumplen con amor e imaginación. Hay médicos así, hay maestros, hay también jardineros y centenares de oficios más. Su trabajo puede ser una aventura sin fin, a condición de que sepan encontrar en él nuevos desafíos cada vez. Sin importar los esfuerzos y fracasos, su inquietud no desfallece. De cada problema resuelto surge un enjambre de nuevas preguntas. La inspiración, cualquier cosa que sea, nace de un perpetuo ``no lo sé''.
La gente así es bastante escasa. La mayoría de los habitantes de esta tierra trabaja porque necesita conseguir los medios de subsistencia, trabaja porque no le queda de otra. No fueron ellos quienes por pasión escogieron su trabajo, son las circunstancias de la vida las que escogen por ellos. El trabajo mal querido, el trabajo que aburre, es respetado únicamente porque no resulta accesible para todos, y está situación constituye una de las más penosas desgracias humanas. No se vislumbra que los siglos venideros traigan un cambio feliz al respecto.
Así pues, tengo
derecho a decir que aunque le estoy escamoteando a los poetas el monopolio de
la inspiración, de cualquier manera los coloco en un grupo reducido de elegidos
por la suerte.
En este punto pueden surgir ciertas dudas en los oyentes, si consideran que a los diversos verdugos, dictadores, fanáticos, demagogos que luchan por el poder con ayuda de un par de consignas gritadas en tono muy alto, también les gusta su trabajo y también lo llevan a cabo celosamente. Cierto, pero ellos sí ``saben''. Saben, y lo que saben una sola vez les basta para siempre. Ya no tienen curiosidad por saber más, puesto que podría debilitarse su fuerza de argumentación. De modo que cualquier tipo de saber del que no surgen preguntas muy pronto fenece, pierde la temperatura propicia para la vida. En casos extremos, como es bien conocido en la historia antigua y contemporánea, puede resultar mortalmente amenazador para las sociedades.
Por lo anterior, estimo altamente estas dos pequeñas palabras: ``no sé''. Pequeñas, pero dotadas de alas para el vuelo. Nos agrandan la vida hasta una dimensión que no cabe en nosotros mismos y hasta el tamaño en el que está suspendida nuestra Tierra diminuta. Si Isaac Newton no se hubiera dicho ``no sé'', las manzanas en su jardín podrían seguir cayendo como granizo, y él, en el mejor de los casos, solamente se inclinaría para recogerlas y comérselas. Si mi compatriota María Sklodowska-Curie no se hubiera dicho ``no sé'', probablemente se habría quedado como maestra de química en un colegio para señoritas de buena familia y en este trabajo, por otra parte muy decente, se le hubiera ido la vida. Pero siguió repitiéndose ``no sé'' y justo estas palabras la trajeron dos veces a Estocolmo, donde se otorgan los premios Nobel a personas de espíritu inquieto y en búsqueda constante.
También el poeta, si es un verdadero poeta, tiene que repetirse
perpetuamente no sé. Con cada verso intenta responder, pero en el
momento en que pone el punto final, le asaltan las dudas y empieza a advertir
que su respuesta es temporal y en ningún caso satisfactoria. Entonces prueba
otra vez y otra vez, para que a las sucesivas muestras de su insatisfacción
consigo mismo los historiadores de la literatura las sujeten con un clip enorme
para denominarlas La Obra.En este punto pueden surgir ciertas dudas en los oyentes, si consideran que a los diversos verdugos, dictadores, fanáticos, demagogos que luchan por el poder con ayuda de un par de consignas gritadas en tono muy alto, también les gusta su trabajo y también lo llevan a cabo celosamente. Cierto, pero ellos sí ``saben''. Saben, y lo que saben una sola vez les basta para siempre. Ya no tienen curiosidad por saber más, puesto que podría debilitarse su fuerza de argumentación. De modo que cualquier tipo de saber del que no surgen preguntas muy pronto fenece, pierde la temperatura propicia para la vida. En casos extremos, como es bien conocido en la historia antigua y contemporánea, puede resultar mortalmente amenazador para las sociedades.
Por lo anterior, estimo altamente estas dos pequeñas palabras: ``no sé''. Pequeñas, pero dotadas de alas para el vuelo. Nos agrandan la vida hasta una dimensión que no cabe en nosotros mismos y hasta el tamaño en el que está suspendida nuestra Tierra diminuta. Si Isaac Newton no se hubiera dicho ``no sé'', las manzanas en su jardín podrían seguir cayendo como granizo, y él, en el mejor de los casos, solamente se inclinaría para recogerlas y comérselas. Si mi compatriota María Sklodowska-Curie no se hubiera dicho ``no sé'', probablemente se habría quedado como maestra de química en un colegio para señoritas de buena familia y en este trabajo, por otra parte muy decente, se le hubiera ido la vida. Pero siguió repitiéndose ``no sé'' y justo estas palabras la trajeron dos veces a Estocolmo, donde se otorgan los premios Nobel a personas de espíritu inquieto y en búsqueda constante.
A veces fantaseo con situaciones inverosímiles. Me imagino, por ejemplo, en mi osadía, que tengo la oportunidad platicar con Eclesiastés, autor de un lamento estremecedor sobre la vanidad de todas las empresas humanas. Me habría inclinado muy hondamente ante él, ya que es -por lo menos para mí- uno de los poetas más importantes. Pero luego lo habría cogido de la mano: ``Nada hay nuevo bajo el sol'', has escrito, Eclesiastés. Sin embargo, Tú mismo has nacido nuevo bajo el sol. Y el poema que has creado también es nuevo bajo el sol, ya que antes de Ti nadie lo había escrito. Y nuevos bajo el sol son tus lectores, puesto que los que vivieron antes que Tú no te podían leer. Y el ciprés, en cuya sombra te sentaste, no crece aquí desde el principio del mundo. Le dio origen otro ciprés, semejante al tuyo, pero no en todo igual. Y además te quisiera preguntar, Eclesiastés, ¿qué desearías escribir, ahora, de nuevo bajo el sol? ¿Algo con qué completar tus ideas, o tal vez tienes la tentación de negar algunas de ellas? En tu poema anterior concebiste también la alegría, y ¿qué hay del hecho de que resulte ser tan pasajera? ¿Tal vez sobre ella va a tratar tu nuevo poema bajo el sol? ¿Tienes ya algunos apuntes o primeros esbozos? Pues no dirás ``ya he escrito todo, no tengo nada que añadir''. Esto no lo puede decir ningún poeta, y mucho menos uno tan grande como Tú.
El mundo, a pesar de cualquier cosa que podamos pensar sobre él, espantados por su inmensidad y nuestra impotencia ante él, amargados por su indiferencia frente a los sufrimientos particulares de la gente, de los animales y tal vez de las plantas -ya que ¿de dónde proviene la certeza de que las plantas están libres de sufrimientos?-; a pesar de cualquier cosa que pensemos sobre sus espacios atravesados por la radiación de las estrellas, alrededor de las cuales se empieza a descubrir algunos planetas -¿ya muertos?, ¿todavía muertos?, no se sabe-; a pesar de cualquier cosa que pensáramos sobre este teatro inmenso, para el cual tenemos un billete de entrada pero su vigencia es ridículamente corta, limitada por dos fechas decisivas; a pesar de no sé qué cosa más que pudiéramos pensar sobre este mundo: es asombroso.
Pero en la expresión asombroso se esconde una trampa lógica. Nos causa asombro lo que sobresale de la norma conocida y comúnmente aceptada, de una obviedad a la cual estamos acostumbrados. Pues bien, un mundo así, obvio, no existe. Nuestro asombro es autónomo y no procede de ninguna comparación de ningún tipo.
De acuerdo, en el habla cotidiana, la cual no recapacita sobre cada palabra, usamos expresiones como la vida común, los acontecimientos comunes... Sin embargo, en la lengua de la poesía, donde se pesa cada palabra, ya

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